Una historia y un cuadro cotidiano.

Publicado por Comunidades de Fe en

PREDICACIÓN VIGILIA DE PASCUA 2019.

21 A uno que pasaba por allí de vuelta del campo, un tal Simón de Cirene, padre de Alejandro y de Rufo, lo obligaron a llevar la cruz. 22 Condujeron a Jesús al lugar llamado Gólgota (que significa: Lugar de la Calavera). 23 Le ofrecieron vino mezclado con mirra, pero no lo tomó. 24 Y lo crucificaron. Repartieron su ropa, echando suertes para ver qué le tocaría a cada uno.

25 Eran las nueve de la mañana cuando lo crucificaron. 26 Un letrero tenía escrita la causa de su condena: «El Rey de los judíos». 27 Con él crucificaron a dos bandidos, uno a su derecha y otro a su izquierda.29 Los que pasaban meneaban la cabeza y blasfemaban contra él.

―¡Eh! Tú que destruyes el templo y en tres días lo reconstruyes —decían—, 30 ¡baja de la cruz y sálvate a ti mismo!

31 De la misma manera se burlaban de él los jefes de los sacerdotes junto con los maestros de la ley.

―Salvó a otros —decían—, ¡pero no puede salvarse a sí mismo! 32 Que baje ahora de la cruz ese Cristo, el rey de Israel, para que veamos y creamos.

También lo insultaban los que estaban crucificados con él.

33 Desde el mediodía y hasta la media tarde quedó toda la tierra en oscuridad. 34 A las tres de la tarde Jesús gritó a voz en cuello:

Eloi, Eloi, ¿lama sabactani? (que significa: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has desamparado?”).

35 Cuando lo oyeron, algunos de los que estaban cerca dijeron:

―Escuchen, está llamando a Elías.

36 Un hombre corrió, empapó una esponja en vinagre, la puso en una caña y se la ofreció a Jesús para que bebiera.

―Déjenlo, a ver si viene Elías a bajarlo —dijo.

37 Entonces Jesús, lanzando un fuerte grito, expiró.

38 La cortina del santuario del templo se rasgó en dos, de arriba abajo. 39 Y el centurión, que estaba frente a Jesús, al oír el grito y ver cómo murió, dijo:

―¡Verdaderamente este hombre era el Hijo de Dios!

 (Marcos 15:21-39).

Primero quiero decirles que esta prédica no es 100% mía. Toma varios elementos prestados: de una predicación sobre este mismo pasaje de Debbie Blue, pastora de la iglesia “Casa de la Misericordia”  en Minnesota, U.S., y al mismo tiempo ella toma como base el pensamiento de René Girard, escritor que describe a Jesús como alguien que subvierte el sistema de sacrificios y ofrece un paradigma fundamentalmente diferente. Por otro lado, algunos elementos de justicia que aporta el pastor Hemir Ochoa, de la Iglesia Luterana de Valdivia, en Chile.

Esta historia del evangelio de San Marcos fue contada una y otra vez. A la distancia parece recordarnos todo lo malo que fueron los “judíos y romanos” contra Jesús. Y si esa historia la combinamos con la iconografía de un Jesús quieto, inmóvil, que habla casi para adentro, rubio de carita linda como en las películas, “que hace pulseritas de macramé (artesanías) en las plazas”, y que duerme donde puede, pero que, al final y al cabo, no le hace mal a nadie, la historia nos horroriza aún más. La distancia nos salva de vernos dentro del cuadro completo; de alguna manera nos protege, y podemos sentirnos “bastante buenos” al indicar lo malo y horrendo que ocurre allí.

Ahora, esta historia ocurre una y otra vez en nuestras vidas. Cotidianamente esta historia se repite, donde los grupos menos pensados, se unifican por el accionar inocente, o no intencionado, o si, de un “otro”. Una y otra vez el “otro” es el enemigo que nos une y refuerza, y volcamos toda nuestra ira, nuestra violencia o nuestra burla, o ironía en su contra. No es un relato único, no ocurre solo en la crucifixión, es un relato cotidiano que evitamos ver, tal vez porque estamos metidos demasiado adentro.

Es que todos podemos contar diferentes versiones sobre este relato bíblico. Podemos, incluso, ponerles como títulos a cada historia que volvemos a contar: “UNIDOS CONTRA EL MAL”, o “LOS BUENOS CONTRA EL MALO”, o “LOS MEJORES DERROTAMOS AL PEOR DE TODOS”. Es que desde siempre nos hemos encargado de que así funcione, y si funciona de esta forma estamos cómodos. Pero un momento: ¿acaso la distancia que nos permite ser ajenos al “cuadro” bíblico, no queda anulada para vernos pintados en como hoy funciona ese texto de San Marcos?

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Un campeonato de futbol interclubes, es la final de pibes de 10 años. Los padres, pero sobre todo las madres, parece que mutan, que son poseídas por todos los demonios juntos. ¿Escucharon las cosas que les gritan a los pibes? Los pibes se van trepando en la espiral de violencia, mezclando bronca con un “no querer decepcionar a sus padres” –que es esa loca que grita como desquiciada desde el alambrado-, y se van enojando unos con otros. Ya no solo se insultan con el otro equipo, en el máximo momento de tensión hasta se agarran entre los del mismo equipo. Cuando el ambiente está ya bien caldeado, el árbitro para el partido, casi como una medida de sensatez. Todos los padres saltan el alambrado y van a interpelarlo, a empujones, a gritos, alguna trompada, insultos, un nene de 2 años le patea el tobillo. ¿Está muy loco no? Todo está muy bien, así tiene que ser un partido de futbol interclubes: un montón de adultos gritando y poniendo presión sobre niños, y un montón de niños –que de entrada están rivalizando- llegando a los niveles más altos de estrés para satisfacer las demandas de la arenga que viene desde afuera. Cuando alguien, completamente imparcial, detiene esa escalada de violencia, nadie lo soporta, y entonces toda esa violencia cae contra él, porque en esta historia “todos los mejores estamos contra el peor de todos”. ¿Y quién fue el peor de todos? El que detuvo la violencia colectiva y el abuso infantil.

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El rector del Seminario Menor Teatino, en el que estudié durante 2 años con la intención de ser sacerdote, era mexicano. Vamos a ponerle de nombre Pablo, solamente para proteger su identidad en la historia, ya que geográficamente está a menos de 5km de acá. La diferencia fundamental entre los Clérigos Regulares Teatinos mexicanos y los argentinos era extrema: acá teníamos un modelo bien español, de curas que superaban los 60/70 años, todos pro-franquistas, una colección de fachos que hacieron todos los méritos para que sus cuadros estén al lado de los de Videla y Massera (represores argentinos de la última dictadura Civico-Clerigo-Militar que duró desde 1976 a 1983). En cambio los mexicanos, que habían tenido un muy buen desarrollo en su país, tenían raíces más propias, más contextuales, muchos curas de origen mexicanos, que comprendían su cultura, una cosmovisión más tolerante con los ritos hasta paganos/populares en torno a la Virgen de Guadalupe y al día de “Los Muertos”. Esa diferencia doctrinal y pragmática fue notoria de inmediato. ¿Ustedes saben lo que es el voto de obediencia en la Iglesia Católica? Bueno, si tu Provincial –que es como tu jefe- te dice que en 10 días salís para Argentina a hacerte cargo del Seminario Menor de la congregación en ese país: vos podés decir que en realidad tenés otros planes, que no te parece que seas el indicado, que no sentís el llamado. ¡Pero te cagás! En 10 días vas a estar arriba de un avión rumbo a Argentina. Esa es la obediencia. Y Pablo, en este caso, fue obediente. Otra diferencia: El seminario menor teatino de México tiene alojados más de 30 estudiantes. Cuando él llegó, el único internado que había era yo (imagínense, pobre hombre), y dos pibes más, unos 2 o 3 años menores que yo, que querían entrar y que incluso uno repetía: “porque así no te dan bola, pero desde que dije que quiero entrar al seminario tengo a todas las minas que quiero” (Wooow! Eso sí era facineroso). Era una persona amable, cordial, limpia, preocupada siempre por nuestros estudios, por nuestras oraciones, por qué recibiéramos buena alimentación, reflexionaba mensualmente con nosotros acerca del “llamado” que teníamos. Compañero para ver películas, ir al cine, y para tener largas conversaciones sobre aquellas cosas de la vida que nos inquietaban. Ese era Pablo con nosotros, y eso funcionaba bien. Teníamos admiración por su “obediencia”, y era a las claras un ejemplo “pastoral” y de “acompañamiento”. Pero él no estaba cómodo con sus superiores, y mucho menos con la idea de estar en Argentina, alejado de su familia, y con una mamá muy enferma, justo al otro extremo de lo que llamamos Latinoamérica.

Otra cosa que Pablo tenía clara era que su “sacerdocio” no podía “arrebatarle” el 100% de su vida. Entonces se hacía huecos para la lectura de alguna novela de García Márquez, o nos invitaba a ir a jugar a bowling, o simplemente se iba 2 días a descansar a una casita que unos feligreses le prestaban en el Tigre. Eso era muy sano. Parar, desconectar, resetear el “modo cura”, y volver. Pero eso molestaba, y mucho, a la curia local de los Teatinos. Imagínense que la salida más loca que estos tipos tenían era ir a orar todo el día a la basílica de Lujan y recorrer las catacumbas mirando huesos de curas enterrados 100 o 150 años atrás, y Pablo decía –no gracias, y se iba a ver una película con nosotros. Hubieron fricciones, de todo tipo, y cada vez más fuertes. Y llegaron a la presión y el cuestionamiento de su “forma de vida poco religiosa y sacerdotal” –nada más lejos de la verdad. Antes les contaba de la obediencia, y eso se toma muy en serio, y poco a poco le fueron prohibiendo sus “reseteos”, o sus “pequeñas fugas” que aplacaran la tristeza, y lo condenaron a unas pocas acciones todas relacionadas con el seminario, la iglesia, la congregación, y nada más.

Unos meses después, se sentó luego de las laudes y el desayuno junto con nosotros, y nos dijo: Me voy, tengo que dejarlos. Y no va a ser fácil, porque no es que me vuelvo a México. Conocí a una mujer, una catequista, me enamoré, y voy a dejar el sacerdocio para hacer una familia con ella. Todo lo que va a venir ahora no va a ser fácil, pero ustedes tienen que mantenerse firmes en su llamado, y en sus convicciones. ¡NO SABEN LO QUE FUE ESO! Todo el clan sacerdotal de la congregación, del obispado de San Isidro, y las congregaciones vecinas, más las 7 viejas de mármol que parece que nadie las mueve del banco con el rosario atornillado a sus manos, que hasta habría que pasarles un plumero del polvo que juntan ahí; todos, enfurecidamente, y sin mediar diálogo fueron contra él y su futura esposa. “Todos los que eran buenos en unidad contra el mal”. Calumnias, injurias, mentiras, amenazas, burlas, incluso comentarios socarrones sobre la posible sexualidad de la pareja (el medía 1,95 y ella no sé si llegaba al 1,20).

Ahora, nosotros 3, que ya todos éramos seminaristas, nos mantuvimos al margen, alejados del problema, lo mirábamos a la distancia con profundo dolor, pero escapando de la posibilidad que pueda rozarnos. Nos fuimos a un “lugar seguro”, y no por acción, pero si por omisión, pasamos a ser parte del club de “Los buenos” que combatían el mal y la destrucción de la Santa Iglesia por la carne. Además de absorber Pablo toda la violencia y la ira de una manga de desquiciados eclesiales, también el absorbió nuestra indiferencia por “comodidad”. Porque tal vez no estés en el cuadro del pasaje bíblico… ¿pero dónde estabas? ¿Dónde estaban los discípulos en el relato de San Marcos?

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Hace unos meses, un tipo va manejando su auto llevando a su hijita dentro, y otro lo sobrepasa tan mal que pierde casi el control: le toca bocina, y les larga una puteada. Del auto infractor bajan 3 patoteros taekwondistas que lo sacan de su coche y comienzan a golpearlo en la calle. Mientras esto ocurre los autos pasan mirando indiferentes, o apurados por llegar a su destino. Lo muelen a golpes delante de su hija. El tipo queda en coma internado en terapia intensiva, y los otros se dieron a la fuga: nadie tomó una patente, nadie llamó a la policía, todos pasaban indiferentes, nadie tenía nada que aportar, alguno dijo: -es que él los insultó. Uno de los hombres que había quedado varado por el caos de tránsito se bajó de su auto cuando la violencia terminó y los “machitos” se fueron y dijo: -en realidad el pobre hombre no había hecho nada malo. “Todos nosotros unidos contra el débil, por débil”, y ante lo fatal del resultado, las palabras de este último hombre me resuenan como la del Centurión: “en realidad este era el Hijo de Dios.”

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Funciona como un “verdadero recurso” de ser humano alienado este mecanismo que tenemos. No es solo algo pequeño que aparece de vez en cuando. Es más bien la base sobre la cual creamos nuestro orden social. Es como un dato antropológico y cultural: construimos nuestra unidad en contra de alguien o de algún grupo u otro. Construimos nuestra “escala de lo que está bien”, en contraste con otra persona, filosofía o forma de ser; y sabemos qué hacemos eso. ¿Cómo podemos sentirnos bien o definir lo que es bueno si no sabemos qué hay de malo como para definirnos en contra de eso? Funciona mejor si hay algo malo que parece estar “allá afuera”, algo de lo que creemos que no somos realmente parte (la locura, el fundamentalismo, los que hacen yoga, la comunidad lgtbiq, los musulmanes, lo que sea).

Entonces, ¿eso es todo lo que hay? ¿Solo una misma historia desde mil perspectivas? ¿Hay alguna otra historia, o es esta realmente la historia definitiva? No podemos crear unidad, comunidad. No podemos construir “nuestra mentirosa bondad” sino es definiéndola frente a algo “otro”. Y si a veces eso lleva a una violencia asesina: “Lo siento mucho, pero no tenemos otra manera”. Simplemente no hay otra forma de ser humano en el mundo. Está en nuestros genes, y a la mierda con todo. Esa es la única historia. Eso es todo.

Pero tuvimos que usar la historia de muerte de Jesús en la cruz como si se tratara de una vieja historia, lejana, que nos horroriza. Ey! Está pasando ahora mismo. Siempre todos Por Encima De/ En Contra De… Si estás conmigo, estás contra ellos, y si no, si no sos capaz de estar conmigo, o contra ellos, mantenete al margen. “Que no es lo mismo, pero es igual” (como dice una canción de Silvio Rodriguez).

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Hay tres tipos de justicia que podemos definir, pero la que claramente el hombre pone en juego en este relato de la Cruz es la:

Justicia Retributiva.

Esta justicia es la más básica de todas, la del “ojo por ojo”, es decir, cada uno paga según el daño causado. Esta es la justicia que mantiene de alguna forma el orden social. Quien se sale de esta norma debe pagar, ya sea primero a la sociedad, y luego a la divinidad. Es una justicia que es natural a la conformación de las sociedades, cualquiera. Por eso está presente en el Código de Hamurabi, o los decretos comerciales de Sumer, o en la bajada al inframundo de los egipcios, donde Osiris-Anubis pesa el corazón del muerto junto a una pluma para saber si sus acciones son merecedoras del cielo o de la condenación. Perfeccionada por los grego-romanos y actualizada constantemente, aunque siempre esencialmente es la misma. El que comete una falta, ya sea al hombre o a su dios, debe pagar. Es la justicia que está presente en el Pentateuco, y que permite la conformación religiosa y nacional de Israel. Y si bien es una justicia que “mantiene cierto orden”, no es perfecta, porque esencialmente no acaba con el mal, simplemente lo encapsula, lo aparta de los demás, pero no es una justicia restaurativa. De ahí que mucha de la creencia en el infierno basada en este tipo de justicia retributiva, no tiene mucho sentido, porque en el fondo el infierno sería el lugar de los que no pudieron ser restaurados, de los que tienen que “pagar”. En este sentido el infierno sería el fracaso de la bondad, el apartar a los otros porque no pudieron ser convocados hacia la luz.

¡¡¡Y luego le queremos encajar esa idea de Justicia a Dios, diciendo que Dios hizo justicia retributiva, o satisfacción penal, o como un prestamista se cobró todos nuestros pecados a través de su hijo!!! Fuimos, y somos nosotros, los que organizamos nuestra sociedad y nuestras comunidades en este modelo de justicia, pero luego queremos que sea Dios el que se haga cargo de esto.

San Marcos se encarga de dejar en claro que todos terminaron siendo los aliados más inverosímiles: los sumos sacerdotes y los escribas y los soldados romanos, incluso los discípulos, y aún más los dos criminales que fueron crucificados con él, todos conspiraron, en algún nivel, en la crucifixión de Jesús. Y por si acaso eso no cubre a todo el mundo, también va a contemplar todas las posibilidades al mencionar que toda persona que pasó por el lugar se burló de él. Lo traicionaron, se burlaron de él o buscaron su muerte, tal vez para reforzar su sistema de rectitud, su bondad, o tal vez para protegerse ellos mismos, para resguardar su sentido de dignidad o fortaleza, para mantenerse a cierta altura, para evitar ser vulnerables. A partir de ese final, y como si fuéramos una máquina de producir chivos expiatorios, parece estar funcionando del todo bien, con eficiencia. Y “la justicia retributiva” de Dios se cumple. Si me jodiste, ahora te jodés.

¿No podría haber evitado todo eso Jesús? ¿Bajar de la cruz y mostrar todo su poder y su gloria? En cambio prefirió absorber la violencia, antes que darnos la razón a la máquina de generar chivos expiatorios. Esa muerte de Jesús nos conecta con 2 tipos de Justicia, que también están en la Biblia, y que perdemos de vista por mostrar un Dios sanguinario.

Justicia Distributiva.

Esta justicia es más elevada, y se basa en que las relaciones sociales y de ser humano-dios, alcanzan niveles de sanidad mucho mayores que en la justicia retributiva. Aquí están por ejemplo los textos de Jesús, “si alguien te pide tu capa dásela, o si alguien te pide que lo ayudes una milla acompáñalo dos”, o la imagen de la iglesia primitiva que vendía sus cosas para ponerla al servicio de los demás, o si vas a cosechar tu viña no saques todos los frutos, sino que deja para quienes no tienen, o incluso la ley del Shmitá, que la tierra descanse luego de 6 años de productividad. Este tipo de relación hombre-hombre / hombre-naturaleza / hombre-dios mejora la humanidad, nos hace más sabios, menos egoístas, y con un mayor sentido de tribalidad, nos cuidamos todos, más allá de nuestros bienes o asuntos personales. Es la justicia que sana, que restaura, porque Dios no da a cada uno lo que se merece, sino que él mismo se muestra como uno de nosotros, y nos muestra desde su ejemplo, cómo podemos mejorar.

Justicia Jésed.

Jésed es una palabra hebrea que quiere decir “misericordia”, y es el acto más elevado de “pago”, porque literalmente lo “anula” y sin letra chica, en esta dimensión de piedad, no hay nada que pagar, simplemente nos entregamos a la luz, la bondad y la piedad de Dios, y de los demás, es nuestra rendición incondicional al amor. Es la dimensión del perdón sanador, como dice al Padre Nuestro “perdona nuestras ofensas (deudas), como personamos a los que nos ofenden”. Aquí no hay infierno, ni castigo, ni pago, ni retribución, aquí está Dios o el humano viendo el “cuadro completo”, aquel que nadie más ve y que siempre explica por qué actuamos como actuamos. Aquí la empatía solo puede producir la restauración total, es en palabras de Jesús, “70 veces 7”, o en palabras del salmista. “ki leolám jasdó”, “porque para siempre es su misericordia”.

Esta justicia es la que restaura el universo, la Iglesia, las familias, los matrimonios, no es divina en sentido que solo Dios la puede hacer, es parte de nuestra propia constitución espiritual, de ser la imago dei, solo debemos encontrarla. Y esta justicia al final de los tiempos restaurará todas las cosas, todas las personas, toda la vida.

En este sentido, Jesús no vino a “pagar”, porque en este nivel de justicia, ya no hay pago, sino que vino a “mostrar” cómo es posible amar hasta las últimas consecuencias, hasta qué punto Dios es capaz de enseñarnos qué es el amor y la misericordia. Como todo el ministerio de Jesús, su muerte es pedagogía, no sentencia.

Jesús muere, no para condenarnos por nuestro crimen, sino por rescatarnos a una vida alimentada por un combustible completamente diferente, completamente distinto a la rivalidad, a la del chivo expiatorio, la venganza y la violencia. Somos liberados por el amor y la gracia de Dios para ya no obtener nuestra “identidad” o “unidad” de la “Justicia Retributiva”, sino, más bien, para obtener nuestra identidad, amor, comunidad, unidad de la revelación de que yo, sea quien sea, estoy realmente “conectado” a todos los demás, todos juntos, tanto como condenados y perdonados, como imperfectos y santurrones, como rechazados y populares, como amados y buscados, como deseados por Dios. Somos libres para formar nuestras identidades, nuestro amor, nuestra comunión, nuestra unidad desde el amor que resueltamente no va a trazar líneas de separación, sino que rompe las líneas más impenetrables. Es una obra que nos libera para no reproducir la vieja historia de la escritura una y otra vez. Ahora bien, ¿cómo podría funcionar esto? Somos libres para formar una comunidad diseñada y transformada por esta nueva historia, no por la historia de la muerte, la del reparto de las vestimentas, ni la de los despojos de la muerte. Sino que por los otros modelos de justicia, que son los que realmente Jesús ofrece en la cruz.

 Sé que no he terminado de transformarme, porque cuando pienso en lo que realmente parece funcionar para hacerme sentir bien y amado y en comunión, siempre aparece un imbécil comentando mi muro, o dedicándome un video, y ahí sale de mí el más genetista “ojo por ojo” y me le quiero ir al cuello.

Podemos estigmatizar como locos a los demás como si fueran chivos expiatorios, pero la muerte y la resurrección de Jesús me dan una luz de esperanza, que está más allá de eso, y me permite reconocer que la unidad que alcanzamos a través de la vieja historia es estúpida, es frágil, porque se sostiene en una vida falsa, carece de imaginación y vitalidad en comparación con la comunión posible que podemos encontrar en el amor de Dios.

La historia de Jesús también me revela que Dios no está abandonando nuestra transformación. Creo, y espero que, a pesar de toda nuestra inclinación asesina a buscar chivos expiatorios, el Evangelio que nos muestra los modelos de justicia restaurativa y justicia Jésed, esta historia totalmente diferente que nos da vida, nos libere de la compulsiva necesidad de unirnos a otros “buenos como nosotros” para ir en contra de un “otro”, nos limite la “fábrica de enemigos”, haga brillar la luz sobre la oscuridad, rasgue el velo del templo en dos, y que no demos un solo lugar a que la oscuridad vuelva a brillar, esfuerzo sobre esfuerzo, intento sobre intento, cayéndonos y levantándonos, abrazando y recibiendo el abrazo de quien nos ayuda a levantarnos, rompiendo poco a poco con la alienación que construimos y nos ha llevado a repetir la historia de Marcos cada día.

Finalmente, y aunque vuelva a ocurrir, aunque continúe ocurriendo; está más que claro que Él no será nuestro aliado, y más bien nos dará un inexplicable silencio, beberá ese trago amargo, absorberá toda nuestra ira y violencia, para luego esperarnos con sus estigmas y sus marcas, y su profundo sentido de justicia, en un intento incansable e inagotable que tiene para nosotros y nosotras: seguir trastocándonos.

Hernán Dalbes, Pastor.

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