Elogio al lenguaje soez: Traduciendo a Nadia Bolz-Weber

Publicado por Comunidades de Fe en

Nuestros padres aciertan cuando nos reprenden por usar malas palabras. No está bien que echemos manos de la ofensa cuando la frustración nos abruma y la ira nos enceguece. Es aún peor si el ultraje verbal es la única respuesta que tenemos cuando se nos sorprende cometiendo un mal acto o cuando vemos perdida nuestra línea de argumentación.

El lenguaje soez apela a los rincones más tenebrosos de nuestras psiques, la individual y la colectiva. La grosería hace que el sexismo, la xenofobia, la homofobia, el racismo, el patriarcalismo, el odio de clase, y demás podredumbres se conviertan en la medida natural de nuestros adversarios.

Sin embargo, las malas palabras también sirven para sacudir. Los cánones de buena conducta fueron establecidos por poderes de turno que suelen consagrar como válidas esas pestilencias ya mencionadas. El lenguaje casto suele ser la pintura con la que blanqueamos el sepulcro que esconde las heces de nuestra sociedad.

Las groserías se tardaron en treparse al lenguaje literario. En el siglo de oro de la literatura castellana Francisco Quevedo se atrevió a provocar con sus versos socarrones ensalzando las rameras de su época. Sin que se la pueda tildar de grosera, Sor Juana Inés de la Cruz era implacable cuando nos cantaba a los hombres las verdades que solemos esquivar. Su lengua (o pluma, o las dos) nos enmasculaba. Aparte de un que otro desliz de Barba Jacob o del Tuerto López, en Colombia tuvimos que esperar al advenimiento de García Márquez para que los madrazos y los carajos y las mierdas gozaran de cierto imprimátur. Casi al mismo tiempo, de Medellín vino el más bello adolescente que se haya conocido: Gonzalo Arango (o Gonzaloarango, como le gustaba presentarse). Con él y su nadaísmo las letras colombianas empezaron a hacerse urbanas; algo que ya estaba haciendo otro adolescente, igual de bello, que desde Cali escribía a ritmo caribe: Andrés Caicedo.

Nuestro (evangélico) lenguaje sacro está aún más a la zaga. El uso del lenguaje soez comparte el mismo renglón de pecado mayor del de fumar, masturbarse y mirar con atención la parte posterior de la niña del equipo de alabanza. Esto es, se utiliza, pero no a los ojos de todo el mundo.

Nadia Bolz-Weber, en ese sentido, abre un camino nuevo. Dado que no imagino al pastor de mi iglesia profiriendo madrazos cuando está molesto, y no creo que lo haga, me atrevo a decir que Bolz-Weber es de las muy pocas pastoras que lo hace en público. Y por escrito.

No fue fácil traducirla. Fueron dos los problemas. El primero tiene que ver con la pobreza lexical del que sufre el idioma inglés a la hora de insultar. Sí, ya sé que Shakespeare era un insultador eximio, y que él incluso inventó palabras nuevas para insultar. Pero el grueso del desempeño del inglés por parte de sus hablantes se reduce a un insulto mayor monosilábico: fuck. A ese monosílabo hay que agregarle algunas preposiciones y un signo de admiración para que opere el milagro. ¡Correcto! No todo se reduce a esa expresión. Están los assholes, los shits, los bitches, y otros actores lexicales que, francamente, son de orden menor (Bolz-Weber no entra en lo sexista-homofóbico). Hasta se pueden utilizar en contextos pulcros sin que las placas tectónicas sientan la necesidad de sacudirse. Este problema llevó a tener que imaginar la situación contextual a fin de encontrar su equivalencia en el prolífico universo de la lisura en nuestro idioma. Fue como intentar meterme en el pellejo de Fernando Vallejo.

El segundo problema lo planteó la limitación propia del traductor. Uno está preparado para que una traducción desafíe el horizonte de información del que uno dispone, o que ponga en aprietos el siempre estrecho horizonte de conocimientos, o incluso que cuestione el aparato ideológico que uno cultiva. Sin embargo, el desafío es mayor cuando se dirige al universo ético de uno como traductor. A mí me cuesta decir groserías. Y soy consciente que eso no me hace quedar bien. Dicen los que saben que a mayor el inventario de lenguaje soez en una persona, mayor su inteligencia y más robustas su autodeterminación y sentido de libertad. No lo dudo. Una de las escritoras que sigo con una fidelidad casi conyugal, Carolina Sanín, es también una de las personas más boquisucias que puedan deambular por Bogotá. Y posiblemente la más inteligente. Y libre. En ese sentido soy hijo de la más rancia tradición evangélica. Si al cielo solo llegan los castos de lengua, allá me tendrán.

Lo que sí me consta es que la escasa producción literaria cristiana, tanto la producida en español como la traducida, es lexicalmente virginal. Es posible que a Rubem Alves se le haya escapado un término non sancto en alguno de sus cuentos, pero no alcanzaría como para decir que se produjo un pecado en ese orden. Además, las transgresiones conceptuales de calibre de las teologías feministas latinoamericanas no han necesitado apelar a los revolcones lexicales del lenguaje soez.

En algún momento en su texto, Bolz-Weber reconoce con cierto desdén que a ella se le conoce como “la pastora que dice ¡mierda!” Sin conocerla personalmente, estoy con quienes creen que su lenguaje no es ardid publicitario. No le gusta ser reconocida por las libertades lexicales que se toma. Su forma de hablar corresponde a la identidad que ella ha construido, deconstruido y sigue explorando. Bolz-Weber prefiere decir de sí misma que es una alcohólica en recuperación y, por lo tanto, una muestra constante de la gracia.

Y esa es la grosería que ella quiere transmitir: la gracia. Al igual que un hijueputazo, la gracia ofende. Los de más acá se ofenden porque la gracia asume que uno es una porquería, que es un mentís a la dignidad humana (eso dicen). Los de más allá se sienten agredidos porque la gracia les suena a impunidad. Los de acullá se rasgan las vestiduras porque la gracia exige perdón, dar perdón, dar por saldada una deuda.

Para decirla, quizás hay que insultar. La historia que narra Bolz-Weber no tiene nada de original. Es la misma historia que vemos a diario en nuestros contextos urbanos. Que Dios se hace presente con su gracia entre los que se inyectan cosas en sus venas al amparo de algún basurero, que se pasea entra las putas de los bajos fondos, que toca los miedos de las personas portadoras del VIH. Pero sin duda lo que sí hace Nadia Bolz-Weber, y que uno no se atreve, es contar esa historia apelando al lenguaje de ella, al lenguaje de la calle. La grosería es la gracia que sigue irrumpiendo, persistentemente, ofensivamente. La grosería que no resiste y como el juglar vallenato suelta su llanto, el grito que retumba en el silencio de la pintura de Edward Munch:

“¿Cómo me compongo yo en el día de hoy?
¿Cómo me pongo yo el día de mañana?
¿Cómo me pongo yo si vivo triste?
¿Cómo me compongo yo, me duele el alma?…
Yo quiero pegar un grito y no me dejan
Yo quiero pegar un grito vagabundo…”

Alvin Góngora. Teólogo colombiano. 22 de Abril 2019.

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