La prostituta de Jerusalén.

Publicado por Comunidades de Fe en

TEOFICCIÓN.

“Soy una prostituta por las calles peligrosas de Jerusalén. Me cubro lo más que puedo el rostro para que no me reconozcan, para subsistir. Me desnudo ante la lujuria del otro, en el recodo de la noche, por una paga sobre mi cuerpo, para comer. He sido insultada, he sido maldecida, se han devorado mi cuerpo con la jactancia de no dejar su paga, en cambio me han pateado y vuelto a insultar. Camino atenta a no ser observada, y al mismo tiempo observando todo, con los sentidos despiertos. El temor es mi bastón, me sostiene alerta. Morir apedreada es el único destino posible de esta ley de hombres que han inventado un Dios tirano, acusador y sediento de venganza. Soy la puta de Jerusalén, mi destino comenzó con el repudio de mi marido, quien violaba mi cuerpo y mi voluntad todo el tiempo, hasta que dije basta. Desde entonces solo deambulo para robar un suspiro más a esta vida de mierda.

Entonces es que ellos me encuentran. Me arrastran, me escupen, se rasgan sus vestiduras; son como bestias con ansias de sangre que dicen que su gran Dios patriarcal les exige. Los mismos que me han violado una y otra vez, ahora son los “puritanos” que harán la justicia de ese Dios perverso que tienen en mente. Sedienta, sucia, sangrando, lastimada, a punto de ser apedreada, él aparece. Dibuja en el suelo, y confronta a mis acusadores. Ni el más viejo ni el más joven de esos machistas patoteros pueden resistir su palabra. Poco a poco se retiran. Cada piedra que cae de sus manos es un estruendo en mi oído, mi temor continúa. Ya solos, él y yo, cuando ya todos se han alejado, me ayuda a reincorporarme. Yo, la más puta de todas las de Jerusalén, estoy frente a Jesús, que me pregunta: ¿alguien te ha condenado? Temerosa, y con rabia, respondo: nadie…

Logro ver el dibujo que hizo en el suelo, se confunde con una cruz, o un pez, o que es, o como un camino que lleva a… Confundida, ahora no recuerdo si acarició mi rostro, pero si perfectamente todavía me resuena lo que dijo: Ni yo te condeno.

Aun aturdida, no sé qué seré ahora, pero ya no seré la misma que antes. Un amor inmenso abrazó incondicionalmente mi corazón.”

Hernán Dalbes.

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