Una reflexión en voz alta, para un día lluvioso.

Publicado por Comunidades de Fe en

Si nos ponemos a hacer teología (estudio de la relación del hombre con su Dios), y en especial una teología contextual, pensada desde nuestra identidad, nuestras particularidades e idiosincrasia latinoamericana; rápidamente aparecen los prejuicios. Cuentan muchas historias que pasan de boca en boca, y de mensaje de whatsapp en whatsapp, y también en varios muros de facebook, ocasiones donde los “cristianos espiritualistas” se tientan de jugar a ser Dios, y tomando protección de algún versículo “espantan” a propios y ajenos.

No pocas veces recibí la sugerencia -cuando no la acusación- de que mis afirmaciones e interpretaciones de la Palabra pretendían dividir la Biblia en el AT y el NT. La primera buena noticia que tengo para esto es que cuando yo nací la Biblia ya estaba dividida. Agarrá tu Biblia, fijate… Hay un Antiguo Pacto de Dios, y un Segundo Pacto de Dios que está en la persona del Cristo, en Jesús. Pero eso ya estaba, yo no lo inventé. Dejemos las cosas en claro, la Biblia es una, y a mí me interesa tanto el Dios que dialogó con el hombre, como el Dios que se hizo hombre y murió escandalózamente en la Cruz. Ahora bien, si desde Nicea se discutió y se aceptó que Jesús es Dios, entonces Dios es Jesús, y para entender al Dios del AT hay que verlo desde Jesús.

Dicho esto, pasemos a los líos que se arman. Decimos que “toda la ley se resume en el segundo mandamiento”, y no es que lo decimos nosotros, sino que está escrito en la Palabra. Pero como al hombre le cuesta vivir en la gracia, y necesita de la ley, nunca falta quien te tira el versículo de Mt. 5.17 “No piensen que he venido a anular la ley o los profetas; no he venido a anularlos, sino a darles cumplimiento.”, y después que te lo tiran cual cascote te aclara: “y mirá que lo dijo Jesús” (pretendiendo reafirmar que no nos interesa el AT). El primer lío que se arma radica en la palabra “cumplimiento” en este versículo. La palabra que se traduce en cumplimiento es pléroma y en realidad más que cumplimiento significa “llenura”, significa darle “plenitud”, es decir darle significado pleno, sentido. Jesús, entonces, viene a hacernos comprender, a su manera siendo Dios, que parte de todo aquello que estaba en proceso de revelación en el AT aún nos queda por entender. ¿Con qué fin? Con la finalidad de que vivamos una vida plena.

El segundo lío es como se utiliza la ley a los palos. Un buen ejemplo de esto es el versículo que llamo “amenaza tras amenaza”, y lo llamo así por el uso que normalmente desde una lectura literal de la Palabra se le pretende dar en una especie de “ministerio para la condenación de las personas”, mal llamado “evangelismo”, porque es un “evangelismo de las malas noticias”, y el Evangelio son “buenas nuevas”. Te expongo el caso: una persona está quebrada de dolor y sufrimiento, y entonces no falta el que llega con Ex. 34.7 “que mantiene su amor hasta mil generaciones después, y que perdona la iniquidad, la rebelión y el pecado; pero que no deja sin castigo al culpable, sino que castiga la maldad de los padres en los hijos y en los nietos, hasta la tercera y la cuarta generación”, y no lo dicen completo, les gusta la parte “no deja sin castigo al culpable, sino que castiga la maldad de los padres en los hijos y en los nietos, hasta la tercera y la cuarta generación”.

Bueno, esto es verdad, esto está en la Biblia. Es parte de la verdad del Dios que dialogó con el hombre. De hecho es un profundo y hermoso diálogo entre Dios y Moisés, frente a unas tablas por escribir, nada más y nada menos que la ley. Sin embargo, ¿es la forma de Jesús de paliar el dolor? ¿Recordás que Jesús vino a darle pléroma, plenitud a la ley? Ponelo de esta forma, en tiempo de Jesús ocurrían los hechos que conformarían luego el NT, pero no existía como tal, entonces lo que se leía y era tenido en cuenta era el AT. Sus discípulos, hebreos dudosos, siempre estaban atentos a chequear las escrituras con la práctica del nazareno. Y Jesús, para darle “plenitud” a la lectura del Tanaj, presentaba una manera particular de interpretarlo. Y los que siempre quedaban expuestos eran sus discípulos, quienes a fuerza de error (tanto como nosotros) aprendían de Él.

Entonces pongamos a Jesús frente al sufrimiento, en Jn. 9.1-2 “A su paso, Jesús vio a un hombre que era ciego de nacimiento. Y sus discípulos le preguntaron: -Rabí, para que este hombre haya nacido ciego, ¿quién pecó, él o sus padres?”. Claramente, para los discípulos, estaban frente a una persona que sufría y esto era producto del pecado, el de él o el de sus padres. Probablemente estaban teniendo en cuenta el mismo versículo de Éxodo, el que los religiosos usan como “amenaza tras amenaza”. Pero Jesús sorprende con sus palabras: “-Ni él pecó, ni sus padres -respondió Jesús-, sino que esto sucedió para que la obra de Dios se hiciera evidente en su vida. Mientras sea de día, tenemos que llevar a cabo la obra del que me envió. Viene la noche cuando nadie puede trabajar. Mientras esté yo en el mundo, luz soy del mundo.” (Jn. 9.3-5). Entonces en el carpintero, con esa iniciativa constante por hacer “más plena” la vida del hombre, se detiene ante el sufrimiento como la oportunidad para que Dios se manifieste en la vida de los hombres. No solo que barre con la “maldición generacional”, con la “amenaza” de los religiosos, resignifica la ley, sino que nos enseña como pararnos ante el dolor humano. Ser la “luz” (Mientras esté yo en el mundo, luz soy del mundo) es un compromiso inquebrantable ante el sufrimiento del otro. Jesús no exhortó, no condenó, no dijo con tono de Reina Valera 1960 “vean pues el sufrimiento por causa del pecado”; sino que la historia sigue, y nos muestra su accionar.

“Dicho esto, escupió en el suelo, hizo barro con la saliva y se lo untó en los ojos al ciego, diciéndole: -Ve y lávate en el estanque de Siloé (que significa: Enviado). El ciego fue y se lavó, y al volver ya veía. Sus vecinos y los que lo habían visto pedir limosna decían: «¿No es este el que se sienta a mendigar?» Unos aseguraban: «Sí, es él». Otros decían: «No es él, sino que se le parece». Pero él insistía: «Soy yo».” (Jn. 9.6-9). Decíamos al principio que Jesús es Dios, por cuanto Dios es Jesús. ¿Cómo obró Dios ante el dolor? No condenó, no tiró frases como “palos”, sino que se comprometió con este hombre, curó su ceguera, y lo reconfiguró de mendigo a hombre pleno. El escándalo circulaba entre los religiosos y legalistas, en aquellos que no podían creer que Jesús se haga parte comprometida del dolor, que lo alivie, que lo reincorpore a la comunidad. Ese era el plan, no un castigo generacional, no la literalidad de la ley, sino que “la obra de Dios manifiesta de forma evidente en su vida”, la oportunidad de ser Luz, mientras es de día, trabajar en ello.

Esta es la parte donde me quedo en profundo silencio. Y solo me viene a la mente, en el silencio: “venga a nosotros tu Reino”.

Hernán Dalbes. (5 de Enero de 2018)

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